Por Héctor Morales S.
«No podemos cambiar el pasado, pero con amor podemos redimir el futuro». Esta frase resume la vida de Kim Phuc, la niña vietnamita cuya imagen corriendo desnuda y quemada por el napalm en 1972 dio la vuelta al mundo. Cuarenta años después, Kim no solo ha superado el horror físico y emocional, sino que se ha convertido en un símbolo de perdón y fe cristiana.
El infierno del napalm
El 8 de junio de 1972, Kim Phuc, entonces una niña de 9 años, huyó de su aldea, Trang Bang, mientras aviones estadounidenses lanzaban bombas de napalm. «Vi caer cuatro bombas. Oí un sonido suave «burum burum» y, de pronto, el fuego lo cubrió todo», relata en una entrevista con El País. Dos de sus primos murieron abrasados, y ella sufrió quemaduras en el 65% de su cuerpo.
Las curaciones fueron un martirio: «Me desmayaba cada vez que las enfermeras me cortaban la piel muerta», confesó. Pero, como ella misma dice, «dentro de mí había una niña pequeña y fuerte que quería vivir».
El encuentro con Jesucristo que cambió su vida
Durante años, Kim luchó contra el odio y la autocompasión. «Odiaba mis cicatrices, odiaba a quienes me hicieron daño», admitió. Pero todo cambió cuando, mientras estudiaba medicina en Vietnam, encontró un Nuevo Testamento escondido, en un país donde el régimen comunista perseguía el cristianismo.
«El mensaje de Jesús me impactó», dijo Kim. En 1982, durante una reunión evangélica en Ho Chi Minh, escuchó el mensaje del perdón y se entregó a Cristo llorando. Su conversión le costó el rechazo de su familia, pero también le dio una paz que nunca antes había conocido: «No soy religiosa, pero tengo una relación íntima con Dios. Cuando me duelen las heridas, oro. Y cuanto más lo hago, más paz encuentro».
Huida a Canadá para escapar del control comunista
Tras años de ser utilizada como símbolo propagandístico por el régimen de Vietnam, Kim logró salir del país para estudiar medicina en Cuba. Sin embargo, incluso allí seguía siendo vigilada y manipulada por el gobierno comunista. «Estaba cansada de ser un instrumento político. Necesitaba ser libre», confesó.
En 1992, durante un viaje de novios con su esposo, el también vietnamita Bui Huy Toan, hicieron escala en Gander, Canadá. Aprovechando un descuido de sus escoltas, Kim y su marido tomaron una audaz decisión: pedir asilo. «No teníamos nada, solo una cámara y un bolso, pero teníamos fe. Sabía que si alcanzaba la libertad, lo demás vendría», recordó.
El gobierno canadiense les concedió refugio, y así comenzó su nueva vida lejos de la opresión. «Por primera vez, sentí que podía respirar», dijo Kim.
El perdón que liberó a su verdugo
Uno de los momentos más conmovedores de su vida ocurrió en 1996, durante un acto en el Memorial de Veteranos de Vietnam en Washington. Allí, Kim se encontró con John Plummer, el exmilitar que coordinó el bombardeo de Trang Bang. Plummer, destrozado por la culpa, había caído en el alcoholismo y vivía atormentado por la foto de Kim. Tras convertirse al cristianismo, buscaba redención.
Al verlo, Kim lo abrazó y le dijo: «Todo está en orden. Te perdono». Plummer, entre lágrimas, solo atinó a repetir: «Lo siento, lo siento…». Aquel encuentro, narrado en revistas como Selecciones del Reader’s Digest, se convirtió en un testimonio poderoso del poder sanador de Cristo.
Una misión de amor
Hoy, Kim Phuc es embajadora de la UNESCO y dirige The Kim Foundation, ayudando a niños víctimas de guerras. Vive en Canadá con su esposo y sus dos hijos, y aunque las cicatrices aún le duelen, asegura: «Dios me enseñó que el amor es más fuerte que el odio».
Su historia, como ella misma dice, no es solo sobre supervivencia, sino sobre cómo «el perdón nos hace libres». Y en un mundo marcado por conflictos, su mensaje resuena más fuerte que nunca: «Con Cristo, incluso las heridas más profundas pueden sanar».
Fuentes: Entrevista de «El País», testimonios en «Selecciones del Reader’s Digest» y discursos públicos de Kim Phuc.






